Texto de la conferencia de Alejandro del Río Herrman en al Ateneo de Madrid el 25 de noviembre de 2025.
Sobre
el autor: Aficionado a los toros, colaborador de ABC donde ha publicado reflexiones
taurinas en “La Tercera” forma parte de la Tertulia de Jordán. Licenciado en
Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor por la Universidad de
Valencia con la tesis Fuerza y atención en Simone Weil: una lectura
filosófico-política. A la pensadora francesa ha dedicado más de una docena
de trabajos e intervenciones tanto en español como en francés. Ha coordinado
con Emilia Bea el número de la revista Ápeiron. Estudios de filosofía:
Simone Weil: pensar con un acento nuevo. Lecturas y textos (octubre de
2016). Es traductor de textos filosóficos del alemán y del francés, entre otros
de Simone Weil, Friedrich Nietzsche, Immanuel Kant, Franz Rosenzweig, Maurice
Merleau-Ponty o Emmanuel Falque. Participa en la editorial Trotta.
«El estilo en
persona».
En torno a José
Bergamín,
con una coda sobre
Ignacio Sánchez Mejías
No es dable en la presente circunstancia dilucidar el conjunto de la «obra taurina» de José Bergamín, reunida en el volumen pulcramente editado con ese título por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 2008. Pero aun cuando dispusiéramos de todo el tiempo del mundo, semejante intento se revelaría insensato. Pues cualquier lectura de conjunto correría la suerte de verse burlada por su pretendido objeto, al que convendremos en llamar el pensamiento taurino bergaminiano. Un pensamiento, a tenor de su idiosincrasia literaria, difícil de atrapar no sólo por su escritura fragmentaria, cuarteada hasta en los textos formalmente continuos, sino sobre todo por su intrínseca índole paradójica, que opera «por contradicción» y «por contrariedad» —como dirá en cierto lugar el propio Bergamín a propósito de Juan Belmonte (1)—. Por condición «birlibirlógica» y «birlibirlomágica», tal como se verificaría, a su decir, en el arte de torear. Soy consciente de que esta situación, si no ha de tomarse a la ligera, bien podría hacerse acreedora de una doble sospecha: la que pudiera abrigarse, primero, respecto de la capacidad del accidental expositor (este quien les habla), el cual, a su vez, escamotearía esa carencia suya tras un discurso como el bergaminiano (segundo motivo de recelo, este sí sustantivo) si de cualidad, digamos, ingeniosa, de escaso o nulo valor en materia taurómaca. Una digresión fantaseadora, en fin, a juicio del honrado aficionado taurino, deseoso y necesitado de realidades y de buenas razones que las sustenten, que no de volátiles metáforas. En resumidas cuentas: una formidable burla. A no ser que la burla posea su rigor propio.
Pero
justamente, dice Bergamín (cito), «el torero debe estar siempre situado; porque
situarse, colocarse, es el arte mismo birlibirloquesco de torear». De forma
que, añade, «el torero situado mide, guarda las distancias de todo el juego».
Luego, es cosa de situarse. Me situaré, pues, en la primera de las expresiones
del pensamiento taurino bergaminiano, la más original también, en la medida en
que su inspiración inicial se transmite a las piezas posteriores: El arte de
birlibirloque, libro que sale a luz, en la editorial Plutarco de Madrid, en
1930 (2). Se ha dicho de este libro que sería la «biblia del gallismo». Biblia,
de serlo, harto escueta, de apenas 96 páginas foliadas en su mencionada primera
edición. En el año 1930 hace diez, como sabemos, de la muerte de Joselito. Y la
sombra de este, o mejor, su «fantasma luminoso», por decirlo con la sugestiva
frase de Bergamín, sobrevuela la época inmediatamente posterior del toreo, esa
que ha venido en llamarse su Edad de Plata. Por mor de situarnos, haré un breve
alto en este punto.
Empezaré enumerando algunos hitos hasta 1930, de sobra conocidos para el aficionado taurino. Juan Belmonte, tras su retirada en Lima en 1922, vuelve a los ruedos españoles entre 1925 y 1927, con un toreo renovado, más aplomado y contenido, más sabio. El 7 de mayo de 1922 muere en la plaza de Madrid Manuel Granero, que se veía a sí mismo y era visto como heredero de Joselito. De entre una larga nómina de matadores, destacan por su marcada personalidad taurina Marcial Lalanda, Manuel Jiménez Moreno (Chicuelo), Manuel García (Maera), que muere en 1924, Nicanor Villalta…; más adelante, Joaquín Rodríguez (Cagancho) y Francisco Vega de los Reyes (Gitanillo de Triana, «Curro Puya») o también Cayetano Ordoñez (Niño de la Palma) y Vicente Barrera. Este y Marcial Lalanda encabezan la temporada de 1929. Ese mismo año toma la alternativa Manuel Mejías Jiménez (Manolo Bienvenida). En 1928, tras distintas pruebas, se introduce el peto para los caballos en la suerte de varas y se regula la salida de los picadores sólo una vez que el toro ha sido fijado. El 24 de mayo de ese año tiene lugar en la plaza de Madrid la legendaria faena de Chicuelo al toro Corchaíto, que dará pie a una prolija discusión, aún abierta casi un siglo después, sobre la evolución del toreo moderno. Indiscutiblemente, la llamada Edad de Plata es un periodo decisivo en la configuración de la fiesta taurina, de la sensibilidad de los públicos y de la técnica del toreo; también, de manera fundamental, en la conformación del nuevo toro de lidia. En un largo artículo, publicado el 29 de diciembre de 1929 en ABC y titulado «La fiesta de toros en la actualidad. Causas determinantes y conclusiones provisionales» (3), hace el crítico Gregorio Corrochano una valoración aplicable no sólo a la temporada taurina de aquel año, sino al devenir de la fiesta en la década que acaba. Habla de causas: la herejía de Belmonte, «reformador» del toreo que conculcó sus reglas fijas variando los terrenos; el «medio toro», disimulado por el espectáculo de la competencia entre Joselito y Belmonte y cuya trampa queda a la vista al cesar aquella rivalidad; la muleta como (cito) «un instrumento de adorno» «que sirve para distraer de la suerte de matar». Concluye que el momento actual es un belmontismo sin Belmonte y vaticina: «Creo que la heterodoxia se consolidará y pasará a ser el escolasticismo moderno». Valgan estos pocos rasgos, trazados de manera sucinta, para evocar el momento taurino en que José Bergamín escribe El arte de birlibirloque. A su luz, sus sentencias epigramáticas pudieran no resultar tan gratuitas ni parecer tan llovidas del cielo. Es seguro que tuvo que leer el mencionado artículo de Gregorio Corrochano, cuyas apreciaciones por lo demás estarían en el ambiente (llama la atención, por ejemplo, que Bergamín hable del «protestantismo belmontista» y que defina a Belmonte como «un rencoroso Lutero», o que, a propósito (cito) de «la inversión total del toreo que hizo la revolución belmontina», emplee la expresión «toreo sin toro»). Se ve que hay un fondo de preocupaciones común. Como pondera Fernando Claramunt, «el toreo belmontino superficialmente asimilado» acabó desembocando en «estilismo», aparte de ser, dice, «la causa de muchas cornadas» (4). Pero pasemos al librito de Bergamín. El arte de birlibirloque consta de dos partes. Una primera más breve, a modo de vestíbulo, titulada «Entendimiento del toreo» (frase que, por cierto, se añade entre paréntesis como subtítulo de la primera edición), y una segunda, «El arte de birlibirloque», que lleva la siguiente dedicatoria: «Al toreo andaluz. Escuela de elegancia intelectual». La primera es un texto seguido, mientras que la segunda está dividida en pensamientos o aforismos de longitud variable. Curiosamente, en la primera edición no figura este otro aforismo, añadido posteriormente como exergo de «Entendimiento del toreo»: «En el toreo todo es verdad y todo es mentira». Esta primera parte anticipa lo que a continuación se desgranará en aforismos. Es como el breviario del pensamiento taurino bergaminiano, por lo que valdrá la pena dar cuenta de él. Ya el título mismo es elocuente. «Entendimiento del toreo» no quiere decir sólo, como a primera vista pudiera parecer, la comprensión de qué sea torear. No estamos ante una «tauromaquia» (entre comillas) ni siquiera al modo, por ejemplo, de la que en 1953 publicará con ese título ¿Qué es torear? (y, por cierto, con el subtítulo Introducción a la tauromaquia de Joselito), Gregorio Corrochano (otra «biblia del gallismo») (5). El entendimiento del toreo es la inteligencia (no sólo la intelección) del toreo, la inteligencia que el toreo mismo es. El toreo, escribe Bergamín, es un «juego vivo de inteligencia», para cuya comprensión, y no digamos para cuya verificación, se precisa lo que él llama «una limpia y fina sensibilidad»6. Sensibilidad e inteligencia van de la mano. En puridad no puede haber la una sin la otra.
Tan es así que lo que él denomina «finísima sensibilidad» consiste en una «rapidísima concepción», tanto en el caso del espectador como, de manera eminente, en el del torero que se las ve con el toro. Pero el toreo no es sólo juego de inteligencia. Es «puro juego inteligible», esto es, «heroísmo puro, sin utilidad», «en el que peligra la vida del jugador», pues, precisa Bergamín, «el error más mínimo en la ejecución de sus suertes le puede costar al lidiador la vida». Se entiende, como puntualiza Bergamín, que el toreo eluda «expresamente, expresivamente, toda consecuencia práctica de moralidad». Su arte, que es «una configuración o construcción espiritual sin permanencia», no se atiene a juicios morales; es, en este sentido, una expresión de «crueldad», de cruel inteligencia, no sabemos del todo si divina o luciferina, pero, en la intención de Bergamín, no propiamente humana. Si hubiera que encontrar un título adecuado para designar lo que aquí expone Bergamín, quizá este fuera el de «metafísica del toreo». Pero donde la «inteligencia inmortal del torero» se pone verdaderamente en juego es en la burla: «la inteligente burla y birla —escribe Bergamín— que es el arte de birlibirloque verdadero de torear». La expresión «por arte de birlibirloque» significa en castellano «por arte de magia», en referencia a cosas que suceden de manera inexplicable o también con engaño e implicando rapidez y destreza en su ejecución. Todo depende, en el caso de Bergamín, de entender bien de qué va esta burla o birla. Pues al contrario de la «trampa», que se trama a escondidas y se hace a espaldas y para tomar por sorpresa al incauto, lo característico de la burla bergaminiana es que acontece de frente y ante los ojos de todos (no digamos del toro). La burla, y con ella y por ella el toreo, son algo de ver, algo que ver, que se ofrece sin trampa ni cartón y con plena evidencia a los ojos del espectador. De ahí la dificultad y la exigencia del «visto y no visto». La inteligencia del toreo vive, la expresión es de Bergamín, de un «afán clarividente». Cito: «Ver para creer, para entender: sin tocar. El toreo queda, visto y entendido o creído: visible un momento, invisible una eternidad. La inteligencia del toreo es tan sensible, que dice: ‘Mírame y no me toques’». En un aforismo de la segunda parte se nos dice también: «En el arte de torear es donde mejor se evidencian las verdades birlibirloquescas, porque entran por los ojos». Añadiré que en este «Entendimiento del toreo» aparecen mencionados sólo dos nombres, los de Pepe-Illo y Joselito; el primero, que (cito) «inventó, verdaderamente», el toreo, «porque establecía sus principios, definiéndolos con geométrica distinción y claridad»; el segundo, que (cito también) «verificó admirablemente el arte birlibirloquesco de torear de Pepe-Illo». Los historiadores y estudiosos del toreo juzgarán sobre esto y sobre lo que viene a continuación.
Esta
continuación es la sucesión de aforismos que multiplican fragmentariamente, a
modo de un caleidoscopio, las ideas avanzadas en el preámbulo. No es, sin
embargo, una sucesión desordenada (recordemos que estamos tratando de
geometría). El lector inteligente percibirá que, si bien no existe un hilo
argumental (y al hilo y a la ligazón habré de referirme hacia el final), hay en
el «entrecortamiento» aforístico cierta disposición temática. No sólo esto. Hay
también una lógica, o «contralógica», constituida por toda una suerte de
contraposiciones: clasicismo versus casticismo, pueblo versus público, crueldad
estética versus rectitud moral, emoción versus compasión, arte versus
artificio, suerte versus truco, burla versus trampa…, entre otras, y sí:
Joselito versus Belmonte. Leemos: «Los nombres de Joselito y Belmonte
polarizaron visiblemente la pugna tradicional española de lo clásico y lo
castizo». Implícito en este aserto hay una interpretación del ser y del devenir
hispano, así como una visión del origen y la degeneración de las corridas de
toros, en las que no me es posible detenerme ahora. Cito en cambio por extenso
el pensamiento en el que se condensa la contraposición cuyos polos reciben los
nombres de Joselito y Belmonte: «Las virtudes afirmativas del arte de
birlibirloque de torear, son: ligereza, agilidad, destreza, rapidez, facilidad,
flexibilidad y gracia. Virtudes clásicas: Joselito. / Contra estas siete
virtudes hay, en efecto, siete vicios correspondientes: pesadez, torpeza,
esfuerzo, lentitud, dificultad, rigidez y desgarbo. Vicios castizos: Belmonte
castizo hasta el esperpentismo más atroz y fenomenal». En este punto se
incendiarán los ánimos taurinos. Pero ¿es Bergamín un caso más de lo que Ramón
Pérez de Ayala definió como psicología taurina, ese furor polémico,
dogmatizante y partidario tan característico de la vida pública española? No
cabe duda de que Bergamín es un contradictor y un provocador. Se divierte
haciendo parte del juego de contraposiciones y llevándolas al extremo. Le gusta
sacar punta a todo. Se burla, se lo salta todo a la torera. Pero la burla es
expresiva. ¿A dónde quiero ir a parar con todo esto? Les resumiré mi hipótesis,
en parte literaria y en parte taurómaca. Primero: el pensamiento taurino
bergaminiano da voz a una filosofía de la expresión. «El torero —nos dice— no
se disfraza de torero: la inteligencia no se puede caracterizar». Y continúa:
«El torero vestido de luces […] es la inteligente expresión visible de la
gracia». La burla, en sentido bergaminiano, es inteligente, expresiva, mientras
que la trampa es tonta, hueca, no dice nada, no tiene nada que decir. Pero el
caso es que pretende decirlo: es efectista. Carece de estilo. Por eso, segundo,
el quid de esta filosofía de la expresión es la noción de estilo. Cito: «La
prestidigitación aparente de birlibirloque no es su arte, ni su ciencia, sino,
sencillamente, su estilo». Y también: «Hay que separar definitivamente lo que
es caricatura de lo que es expresión intensificada con firmeza de trazo —de
pensamiento— con vigor: estilo. La expresión lograda es belleza definitoria,
porque es la línea que define, conteniéndola, una plenitud espiritual». E igual
que el artista, por su «dicción perfecta» (cito) «contiene por la línea límite
de la sombra (dibujo, pensamiento, estilo), la fuerza creadora de su pasión
secreta y plena: para expresarla», así también nos dice Bergamín del toro que
(cito) «no exagera nunca su poder: al contrario, lo expresa conteniéndolo en la
vehemencia dirigida y precisa de la embestida». Hasta el punto, curiosa
inversión, de que (cito) «el único que templa es el toro». Pero, tercer aspecto
decisivo, el estilo, si me permiten la paradoja, no es personal, sino que es
«el estilo en persona», y es en este punto donde adquiere toda su significación
la figura de Joselito tal como Bergamín la vio. Cito: «Joselito era el estilo
puro, transparente, absoluto de torear: el estilo real, despersonalizado; porque
el estilo es cosa y no persona. El torero que personaliza el estilo lo
falsifica parodiándolo, lo imita porque no lo tiene, lo caracteriza o
caricaturiza: lo niega. Cuando el torero dice: el estilo soy yo, es que no es
más que él, sin estilo. No hay más estilo de torear que el toreo mismo, sin
personalizar: el arte de birlibirloque». El estilo nunca es personal. Frente al
estilo que es expresión viva, justamente por ser despersonalizado, está la
personalización del estilo que es caricatura muerta, lo que Bergamín
irónicamente designa, con un término tomado de la historia literaria, dolce
stil novo («dulce estilo nuevo»). La diatriba de Bergamín se dirige, qué duda
cabe, contra el toreo de Juan Belmonte, contra lo que él vio en su toreo. Pero
más allá de los avatares de su figura y de los destinos del belmontismo,
denuncia la degeneración del estilo en estilismo, del arte en artificio, de la
técnica en efecto. Defiende la burla señorial contra la trampa servil. En el
arte del toreo y, en consecuencia, en todas las demás artes, así pues, en el
mundo de la cultura en general y, me atrevería a decir, hasta en política, pues
con razón elogiaron los antiguos el arte de gobernar.
Sobre el
estilo vuelve José Bergamín en escritos posteriores. Así, en La estatua de Don
Tancredo, de 1934, a propósito de la dualidad constitutiva del ser hispano,
cristiano y estoico, escribe: «El toreo y el tancredismo, Pepe Illo y Don
Tancredo, coinciden en ser tan extremados porque tienen idéntica raíz en la
unidad totalizadora de un estilo que es el alma misma de España y que ellos
exponen; y exponen o expusieron, exponiéndose incluso personalmente con él,
dando por él su vida; ¡que eso sí que es humanizar el estilo!; pues de ellos
pudo decirse, más que de ninguno, que el estilo es el hombre: el estilo en
persona». Y en «El toreo, cuestión palpitante», de 1961, a propósito del hacer
y del decir del toreo: «Vemos, pues, que en ‘el hacer’ del toreo su eficacia
misma se supera por su expresión, por su dicción viva de las suertes. En todas
y cada una de las suertes, el torero no solamente hace el toreo al ejecutarlas,
sino que lo dice; y lo dice (si es un buen torero de veras) con estilo propio,
con singular y particularísimo estilo o forma de decirlo, que es lo que da
plasticidad —permanente en lo fugitivo— a un lance que decimos bello o
perfecto». O con mayor rotundidad: «El único valor torero es el estilo. Y el
estilo no es el torero, sino el toreo mismo». «El estilo en persona», cabe
resumir por nuestra parte, es el toreo mismo cuando comparece a través del
torero, que simplemente ha de servirle de expresión sin desfigurarlo con su
persona. Tal parecería el punto de arribada del pensamiento bergaminiano.
Pero
Bergamín, ay, torea «por recortes y galleos». Y el «estilo en persona», en la
ambigüedad de la expresión (el estilo mismo, él en persona, pero también el
estilo expresado por una personalidad), se burla de nosotros. Es lo que sucede
cuando, en la evocación «Así hablaba Juan Belmonte» (recogida en La música
callada del toreo, de 1981), se subraya el «acento personal» del «se torea como
se es» (cito): «El ‘se torea como se es’ que nos dijo Belmonte: esa
autenticidad del ser torero y de expresarlo, de decirlo con sinceridad al
torear, al hacer el toreo, muy pocos toreros lo han alcanzado. Y entre esos
pocos, tal vez ninguno como Belmonte y Joselito. Y, claro es, Rafael el Gallo».
¿El estilo en persona o el estilo personal, personalísimo? Recortes y galleos.
No debía de ser José Bergamín muy amigo del toreo ligado, de aquello que,
explicando en El arte de birlibirloque el mencionado dolce stil novo, llama
«dulcedumbre empalagosa de la faena […] el toreo almibarado y pegajoso en que
todo se liga», para rematar: «hasta que sale un toro de veras y se acabó el
ligar; ¡porque menudo pajarraco es un toro, lo que se llama un toro, para ir a
cazarlo con liga!». «El verdadero torero», leemos asimismo en El arte de
birlibirloque, «no se burla sólo del toro, se burla del toreo también».
Coda
De burlas y
de veras en el toreo, como en la literatura y en la vida, supo también Ignacio
Sánchez Mejías. Fue novillero, destacado subalterno y banderillero en las
cuadrillas de Belmonte, Rafael el Gallo y Joselito. Este último, siendo ya
cuñados, el 16 de marzo de 1919, en Barcelona, le cedió la muerte del toro
Buñolero, en presencia de Juan Belmonte. La tarde del 16 de mayo de 1920, en
Talavera, acompañaba a Joselito y dio muerte a Bailaor después de la cogida
mortal. Torero de la Edad de Plata, se mantiene en los ruedos hasta 1922, luego
entre 1924 y 1927, con un «toreo corajudo y sin contemporizaciones», en frase
de José María de Cossío. Su posterior actividad literaria y de animación
cultural fue crucial en la gestación de la joven generación poética del 27.
Vuelve a torear en 1934 y muere el 13 de agosto como consecuencia de la cogida
que sufre en la plaza de toros de Manzanares dos días antes. «Cada corrida»,
resume Cossío, «tenía para él el carácter de una lucha, en la que había que
conquistar el aplauso a un público hostil y ante un toro enemigo».
José
Bergamín le dedicará póstumamente su ensayo La estatua de Don Tancredo,
publicado en mayo de 1934, con estas palabras: «Al recuerdo de Ignacio Sánchez
Mejías (que me hablaba con entusiasmo de estas páginas en su lecho mortal de la
Plaza de Manzanares)». Y «en el ardiente agosto de 1974» escribirá, en memoria
del amigo, una de las meditaciones de la muerte más tremendas y más
conmovedoras de las letras hispanas, cuyo título, «Muerte perezosa y larga»,
cita un verso de Lope de Vega (texto recogido en La música callada del toreo).
Escribe ahí Bergamín: «La muerte se escondía, se esconde siempre en la
tenebrosa embestida del toro, que la lleva en sus astas amenazadoras, sean
estas o no agudas y finas. Todo el toreo consiste en evitarlas: en evitar la
muerte que se esconde o descubre por ellas». ¿Cómo no leer en estas palabras al
propio Ignacio Sánchez Mejías, en su conferencia pronunciada el 20 de febrero
de 1930, en el Instituto de las Españas de la Universidad de Columbia, con el
título «El pase de la muerte»? Dice ahí: «El toro es la muerte. Por mucho que
se sepa de toreo hay momentos en que no se puede evitar la cogida, falla la
regla o se equivoca el lidiador y entonces viene la cogida». Y más adelante:
«La virtud del toreo es no asustarse de la muerte. La ciencia de la tauromaquia
consiste en el arte de burlar la bala». Es verosímil que Ignacio Sánchez Mejías
conociera El arte de birlibirloque, publicado apenas unas semanas atrás. Lo
cierto es que sabía. Y quien lea ambos escritos, su conferencia y el libro de
Bergamín, encontrará numerosas resonancias entre uno y otro. Como la
referencia, en ambos, a la Inmaculada, a quien el torero brinda su toro y el
arte mismo de torear: el estilo en persona. «¿Acabaremos nunca de aprender todo
lo que el toreo nos enseña?», pregunta José Bergamín. Y responde, como en un
eco que ampliara la pregunta, Ignacio Sánchez Mejías: «El toreo es la ciencia
de la vida: saber torear es saber vivir».
NOTAS
(1)
En
La música callada del toreo, en el texto «Así hablaba Juan Belmonte», leemos:
«Así hablaba, como toreaba, como vivía, como sentía y pensaba, este
excepcionalísimo, extraordinario torero — y andaluz y español— que fue Juan
Belmonte. Al que diríamos, por tan raro, tan único, tan excepcional en España,
torero andaluz y español —como cristiano Kierkegaard—por contradicción, por
contrariedad. Como es español Don Quijote».
(2)
En
concreto, el 25 de enero de 1930, como se lee en el pie de imprenta
(3)
Véase
Gregorio Corrochano, La Edad de Plata del toreo. Obra Completa III,
introducción de Andrés Amorós, Espasa-Calpe (La Tauromaquia), Madrid, 1993, pp.
270-274.
(4)
Fernando
Claramunt, Historia ilustrada de la tauromaquia II, Segunda edición anotada y
corregida, Espasa-Calpe (La Tauromaquia), Madrid, 1992, p. 65.
(5)
«¿Qué
es torear?» es el título del segundo de los ensayos de la primera parte del
libro, «Introducción a la tauromaquia de Joselito», el título del primero; la
segunda parte contiene el «Ensayo de tauromaquia». 6 A partir de esta
constatación de Bergamín, tan netamente formulada, cabría poner en pie un
programa para elucidar una «sensibilidad taurina», ajena (o incluso opuesta) a
otras formas de la sensibilidad contemporánea. Ajena, sobre todo, a lo que
Bergamín llama «rencores sentimentales».



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