miércoles, 8 de junio de 2016

LA LAGRIMA DE ANDRÉS

Después de años de venturas desventuras y aventuras de vuelta de un gran periplo por medio mundo recale en Las Ventas del Santo Espíritu, que así se llama la bonita Plaza de Toros de Madrid inaugurada en 1929 y catedral indiscutida del toreo, con la Plaza México y la Maestranza de Sevilla siguiendo sus pasos. Necesitaba un proceso de reespanolizacion acelerado y busque en el coso de la calle Alcalá mi doctorado. La alternativa me la dio en los altos del Tendido 7, por unos vituperado y por otros hosanado, un personaje alto y desgarbado de porte quijotesco y taurino hasta la médula y de ideas marcadamente libertarias, que se calificaba asimismo como intransigente. Una característica de este personaje barojiano revistero taurino y periodista forjador de utopías era ni más ni menos LA LÁGRIMA, que aparecía en sus ojos de arriero bien parecido cuando se producía el milagro del arte sublime, la conjunción estelar de la emoción suprema, de la síntesis de la belleza y de la fuerza animal con el arrojo y la maestría humana. El duende del mundo flamenco. El toreo es emoción como el amor y la amistad. 
En los altos del 7
Foto de Eduardo de la Cruz

Así acaeció el dos de junio de 1982, en uno de esos días africanos de los madriles, en un calor asfixiante unos toros sublimes se enfrentaron a tres toreros inspiradísimos y legionarios del riesgo y los reputados Victorinos entraron en el Parnaso del arte de Cuchares glosado por el Cossío y un diestro Ruiz Miguel se erigió en Maestro máximo de doblegar a las fieras. Allí vi por primera vez la lágrima, se le arrugada la cara y surgía esa bendita lágrima colofón de esa emoción humana que nos eleva en el rango de la creación. Andrés con su vozarrón encampanado ejercía de oficiante de emociones, que luego reapareció en más de treinta Ferias de San Isidro en el toro blanco de Antoñete, ese torero que en su veteranía alcanzó la gloria con su prodigiosa media distancia. Otras lágrimas memorables fueron las cuatro salidas consecutivas por la Puerta grande de un torerazo colombiano Cesar Rincón de nombre y su salida a hombros con José Ortega Cano gracias a soberbios quites en el medio del albero, hecho, ambos laureados, que no volvería a repetirse hasta 25 años después y no digamos la asombrosa faena de Joselito encerrado con seis morlacos en un hiperbólico dos de mayo o la aparición de un extraterreste, de otro mundo sin duda de otro espacio sideral en que reinará la estética, la gran belleza suprema, de José Tomás el místico de los ruedos, allí se desbordó el bueno de Andrés y sus lágrimas regaban los altos del siete y Claudio el de Getafe salido de La Verbena de la Paloma corroboraba la emoción con sus exclamaciones de asombro. 
Puesta de sol desde los altos del 7

La última lágrima de Andrés, que ahora se ha trasladado a las alturas de la Andanada del nueve, se ha producido por poderes y por transmisión de pensamiento un primero de junio de 2016 se me ha producido a mí en el trascurso de la increíble faena del diestro alicantino de prosapia taurina, de casta le viene al galgo, José Mari Manzanares, que embrujo a su precioso enemigo y lo meció con una muleta que sólo en el Olimpo podría manejar Zeus, con lentitud exasperante y entonces poderosa incontenible volvió a surgir la lágrima de Andrés y el toro soberano de Victoriano del Río murió recibiendo y la injustamente denostada fiesta nacional se puso en pie con un estentóreo VIVA ESPAÑA 

Gracias Andrés.


Publicado por Joaquín Antuña en Galicia Digital
Gracias Joaquín

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