lunes, 9 de febrero de 2015

ELOGIO DE LA VERTICALIDAD



Verticalidad, naturalidad, seguridad, son diferentes maneras de plantear la lidia de un toro bravo. En Valdemorillo tanto en la sosa novillada de Albareal, remendada con dos casi erales de Juan Pedro Domecq, como en la esperada corrida de Cebada Gago que se saldó con dos toros bravos en el lote de Víctor Barrio y una mala presentación, con toros atacados de kilos y escasos de pitones, vimos dos ejemplos de toreros que hacen de la verticalidad el eje de su toreo y otros dos más bullidores y con mucha seguridad delante del toro.


Víctor Barrio
Fotografía de Paloma Aguilar
Tomada de Contraquerencia y a contramano

Martín Escudero y Víctor Barrio, son dos toreros sobrios en su concepto, compuestos en sus formas, verticales en su expresión, que aguantan al toro sin descomponerse y le mandan poco, más decidido Barrio que dio la impresión de buscar guerra e ir, sino a por todas, al menos a por muchas más de las que tiene ahora, perdido en el pelotón de los que pudieron ser, más corto Escudero que tiene que demostrar que lo que hace se lo puede hacer a un toro.

Martín Escudero
Fotografía de Manuel Durán
Tomada de Larga cambiada

Junto a ellos, dos toreros puestos, con sitio, con formas menos refinadas, pero más compuestos y capaces. Escribano que no abandona su faceta de torero valiente en banderillas y está lucido con el capote y con mucho sitio con la muleta y Borja Jiménez, torero bullidor, decidido y capaz delante del toro y que parece preparado para tomar la alternativa, con mejores formas que su hermano Javier.

Manuel Escribano
Foto de Javier Arroyo
Tomada de Aplausos

Buen aperitivo de inicio de temporada, que no pudieron deslucir ni la mala novillada de Albareal, que me hace ratificarme en que para decidirme a viajar tiene que haber toros con más interés, ni la esperada corrida de Cebada Gago que dio una de cal, con la bravura del 3º y 6º y otra de arena con la presentación y flojera. Lástima que entre la verticalidad de Barrio y Escudero y la seguridad de Escribano y Jiménez no hubiera hueco para la naturalidad que tanto añoramos.

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