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FRASCUELO Y EL PANA

Esta tarde en Guadalajara torean Frascuelo y El Pana. Antes de salir para verlos, recuerdo el apunte que escribí de Frascuelo el 9 de agosto de 2008 en El Escorial y el de la presentación de El Pana en Vistalegre el 2 de marzo del mismo año.

FRASCUELO, UN ROMANTICO IRREPETIBLE
Veinte veraneantes, diez aficionados y media docena de locos que habíamos subido en peregrinación a ver torear a Frascuelo después de su cogida en Las Ventas, no llegábamos a tapar el granito de los tendidos de la plaza de San Lorenzo de El Escorial. Pero allí estábamos el 9 de agosto, convocados por el halo de romanticismo de la fiesta de los toros, para ver a Frascuelo hacerle faena a un santacoloma de San Martín.
Tiene Frascuelo ese aire de torero romántico, sin llegar a ser un maldito. No está expulsado del paraíso de los grandes toreros, como aquellos que pudieron estar y se cayeron, bien por su falta de valor, bien por su abulia, bien por la mala suerte que les persiguió en algún momento.
Le veo, más bien, situado en la puerta de este paraíso imaginario, pero sin ansiedad, sin quejarse, con la satisfacción del que hace lo mejor que sabe, que ya es mucho. Le imagino con interés, con eterna curiosidad, con inagotable capacidad de aprender, de añadir a su repertorio de conocimientos y actitudes una nueva posibilidad de colocación delante del toro que alargue el pase, o un ligero desmayo de la muñeca que embellezca la verónica o un detalle que mejore la expresión de su trincherazo enjundioso.


Frascuelo en Madrid
Tomada de Marca

Tiene una virtud Frascuelo que le hace irrepetible. Nunca torea mal. Siempre intenta torear bien. No le vale con dar pases a los toros. Los pases tienen que ser de verdad, buena la colocación, adecuada la distancia, compuesta la figura, con aplomo, con empaque, con torería, gustándose.

Ni todos los toros se dejan, ni todas las faenas resultan, pero cuando el toro embiste como el sábado en El Escorial, esa mezcla de convencimiento de artista y de amor a su profesión le hace un torero irrepetible. Por eso a unos cuantos nos mueve a ir a verle, pues sabemos que tiene aroma y sabor de torero, que es depositario de lo más noble que hay en la fiesta de los toros, que rebosa afición y que nunca nos va a defraudar aunque no cuaje faena. Porque tiene ese don de los privilegiados que se nota en todos sus movimientos en la plaza: la torería.

Frascuelo y El Pana con Jorge Laverón en Madrid en 2008
Foto de Antonio Novillo

EL PANA, HETERODOXIA SERENA
Una delgada línea separa la heterodoxia de lo inaguantable, un raro punto de equilibrio por donde transitó El Pana en Vistalegre. Pesaba en la balanza, la serenidad, la variedad del torero que dio en una corrida más pases diversos de los que se ven en toda una feria de San Isidro, la cercanía del pase del toro al cuerpo ajado del torero y sobre todo la alegría de las faenas, faltas de enjundia, si se quiere, pero sobre todo desprovistas de solemnidad, esa solemnidad un tanto hueca, que hace tan aburridas tantas corridas de toros.
Fuimos a Vistalegre en peregrinación confiando en la revelación del toreo de Morante, ortodoxo, este sí, además de exquisito autor de imborrables recuerdos. Morante, inconstante como todo creador, se entretuvo en tejer verónicas de bella factura aunque trabajosa reiteración, sin que en sus faenas lograra convocar al duende, cuya búsqueda nos había llevado a Carabanchel.
Tuvimos, pues que fijarnos más en El Pana, torero de leyenda reciente y repleta de asombros, sin que sea el menor el que causa con su presencia en el paseillo, arropado por un sarape de colores que contrastaba vivamente con un vestido de color fruta de mango tropical y blanco, rematado con medias de este color. Todo esto unido a la larga coleta de pelo natural y el estrambótico detalle de salir con un puro en la boca, le hacía un poderoso imán para la mirada de los aficionados allí congregados, quienes en muy escaso número le habían visto torear y hasta, me atrevo a decir, habían oído hablar de él antes de su resonante actuación en la plaza México la pasada temporada.
Tiene El Pana un estilo vivo, alegre, para el que no pide permiso, ni se demora en plantearlo, en el que al aire de las embestidas del toro que suele pasarse cerca y sin ir sometido, aparece algún pase con enjundia, un trincherazo en su primero, unos derechazos largos en el quinto. Pero no parece que el rebozarse de toro en un natural sea el eje de su toreo. Sorprendentemente tranquilo para un torero que ya no cumplirá los sesenta años y que no parece sobrado de facultades atléticas, planteó unas faenas alegres, más compuestas en la distancia del toro que cuando acortaba los terrenos y aparecía descolocado y retorcido, armadas con cites de largo y pases no fundamentales, en las que los toros estuvieron siempre sujetados a seguir al torero quien iba desgranando una multitud de pases, de nombres desconocidos para mí y cuyas referencias no soy capaz de encontrar ni en el libro de José Luis Ramón.

El Pana en La México
Tomada de Tauromagias

No me conmueve El Pana, pero creo que tiene un aire común con algunos otros toreros mejicanos que raramente he visto, como Silvetti o el mismo Cavazos  quienes han mostrado un toreo alegre, exento tanto de profundidad como de solemnidad, que transmiten la sensación de estar disfrutando en la plaza y que seguramente se sentirían sorprendidos si les demandan un toreo más complejo, enjundioso o rematado.
Esta me pareció la aportación de El Pana, a tenor de lo ocurrido en Vistalegre y no es menor. No ví pureza de toreo, ni faenas macizas, ni pases rematados. Vi un torero que no pide permiso a la ortodoxia para torear, que no convierte sus faenas fallidas en tediosos momentos atenazados por la búsqueda de la serie de naturales o en su defecto, derechazos, que provoquen el asentimiento grave de la afición. Ví que se puede dominar a un toro sin someterse a la permanente tensión entre obligarle y que claudique o torear sin rematar. Ví que con unas fuerzas muy justitas se podía estar en una plaza y pasearse entre la delgada línea que separa la heterodoxia del ridículo, torear sin complejos y abrir una puerta por donde entre un aire que contribuya a despejar de falsas solemnidades, tediosos preámbulos, aburridas faenas, estos ruedos tantas veces atacados por la presunción de importancia, trascendencia, ortodoxia, canon, pureza o verdad, que al cabo raramente se cumple y en la que tantos toreros ocultan sus malas tardes y tantos aficionados esconden su ignorancia.

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