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MORANTE DE LA PUEBLA. FORMAS ANTIGUAS Y TOREO MODERNO

 El Club Taurino de Pamplona, en su revista anual de este 2026, ha publicado un especial con opiniones de aficionados sobre Morante de la Puebla, entre los que se encuentra un artículo mío, acompañado de fotos de Andrew Moore, que reproduzco a continuación.

Siempre es un placer colaborar con el Club Taurino de Pamplona por las fiestas de San Fermín en las que tantos años he participado y disfrutado, y sigo haciéndolo. 

¡VIVA SAN FERMÍN!


Portada de la revista del Club Taurino de Pamplona 2026

 MORANTE DE LA PUEBLA. FORMAS ANTIGUAS Y TOREO MODERNO

Difícil tarea revisar la figura y la obra de un torero como Morante, tan propenso a encarnar elogios como a generar incertidumbres, que junta la decisión para torear con la capacidad para expresar sentimientos en su actuación, el estudio del toreo antiguo con su adecuación a las formas modernas, la elección meticulosa de ganaderías con su disposición a torear diversos encastes en alguna ocasión, el encandilamiento de los aficionados con el arrastre mediático de los públicos ocasionales y nuevos, el respeto por el torero con el conocimiento de la enfermedad del hombre.

La envoltura que rodea a Morante tiene la textura de los mitos y, reconozcámoslo, el aficionado a los toros es decididamente mitómano. En una versión laica de la fe atribuye a sus ídolos virtudes que unas veces están más cercanas a la realidad que otras. Esta mitificación era más habitual en el pasado, tanto más cuanto menor era la rapidez y calidad de la información. Era más fácil vender hace cien años que Belmonte había hecho la mejor faena de la historia cuando dicha faena sólo la habían visto, pongamos diez mil personas, mientras que el resto se tenía que conformar con difusas fotografías y superlativas críticas.

Ahora es distinto. Está la televisión, de la cual abominan las figuras más por motivos económicos que artísticos y que a pesar de sus limitaciones para captar la emoción de una faena, describe con exactitud lo que se vio, no lo que se sintió que eso pertenece al reino de las sensaciones. Incluso los videos caseros con los que se distribuyeron mediante mails todas las corridas de José Tomás que estuvieron vetadas a la televisión, dieron fidedigna imagen de cómo fueron.

Es pues, época propicia para descreídos, para aquellos que gustan de analizar con fino detalle los defectos de toro, torero y faena, dispuestos a desmontar los ditirambos e incluso los simples elogios vertidos por aduladores de guardia y escritores de ocasión acerca de la condición del toro o la adecuación del torero.

Cuando la Tauromaquia está denostada socialmente y apartada de los medios de comunicación, aparece una reacción entre sectores de la juventud que les hace acercarse a las corridas de toros llevados fundamentalmente por la imagen de Roca Rey quien llena las plazas con su mensaje de emoción y valor. Sobre esta nueva aparición de jóvenes en las plazas crece la figura de un torero dotado de una gran expresividad anclada en el estudio y renovación de estampas clásicas, sacadas algunas de viejas imágenes del principio del cine y de dibujos y crónicas de La Lidia editada en el siglo XIX. Ese es el Morante de la Puebla actual.

28 de mayo de 2025 en Las Ventas

El Morante anterior a la maldita pandemia es un torero irregular, enraizado en la versión de los llamados toreros artistas, que precisan de un toro muy adecuado a sus condiciones y que justifican su figura con un ramillete de actuaciones sueltas y momentos aislados de gran densidad, recordemos las verónicas fastuosas, lentas, largas y bellísimas del 21 de mayo de 2009 en Madrid, junto a otros de sorpresiva renuncia o aparente desinterés, como un recuerdo belmontino del torero genial e irregular.

En su camino posterior a la pandemia donde se separa de su apoderado Matilla para encomendarse a los cuidados y dirección de su amigo Pedro Jorge Marques, aparece su evidente desvelo gallista por encima del sedicente artista de las más de veinte temporadas anteriores, capaz pero inconstante, que le lleva no sólo a recrear viejos lances de capote, sino a plantearse la lidia distinta adecuada a las diferentes condiciones de los distintos encastes y tipos de toros, manteniendo siempre la imagen del torero y el toro reunidos bajo la decisión y el dominio del matador. El Morante decididamente gallista.

Aparece así una imagen que contenta por igual a los aficionados a los toros, esa rara especie tan minoritaria en los tendidos de las plazas que pasa por distintos estados de felicidad o tristeza con suma facilidad y algunas veces, cual átomo cuántico, por ambos al mismo tiempo, tanto a los seguidores del toreo muy reunido y de gran expresividad como a aquellos que abogan por el dominio y la variedad. Al mismo tiempo llama la atención a los nuevos aficionados que ven recrearse imágenes propias de páginas sepias de viejos archivos. Se convierte en un ídolo pop en palabras de Karina Sainz Borgo, una rara avis que no sólo convence a los aficionados siempre renuentes a conceder carta blanca a un torero, sino que atrae a numerosos jóvenes que acuden a la plaza con sus recién cortadas patillas morantianas y provistos de un cigarro puro para emular a su ídolo, al nuevo mito del toreo. Quizá estos, espoleados por una crítica laudatoria y debido a la búsqueda de acontecimientos que la actual sociedad reclama, hayan propiciado un comportamiento emocional y exagerado, pero no hay que olvidar que la emoción es un componente sustancial de la corrida de toros y que la juventud aporta nuevos modos de manifestar su adhesión y gozo, quizá extraños a los aficionados de mayor experiencia, por no decir edad.

Claro que los mitos están encarnados por héroes perfectos, de una pieza, pero en la realidad el artista no tiene que ser congruente con su obra y sabemos que casi nunca lo es. Si el hombre, como es el caso de Morante, tiene una grave enfermedad neurológica parece fácil que esté sometido a cambios y presiones personales que influyan en su comportamiento. En resumen, retirarse el 12 de octubre en Madrid con público y emocionante corte de la coleta incluido, para reaparecer el domingo de Resurrección en Sevilla es comprensible, aunque difícilmente, para el hombre, pero es evidente que rebaja la dimensión mítica del torero.

Muy rematado

Estas temporadas hemos asistido a la disposición de una figura que puede elegir los toros que prefiera, a torear, sin embargo, varios encastes, experiencia que aunque no se saldó con gran éxito no desmereció su interés. Su trayectoria ascendente desde mayo de 2021 hasta abril de 2023 con la faena premiada con el rabo de Ligerito de Garcigrande, su desfondamiento posterior en 2024, el extraordinario esfuerzo de 2025 con retirada incluida en Madrid, y su reaparición sevillana en 2026 en la que los hados le premiaron con una faena de pura fantasía y recreación histórica y dispusieron una mala cornada que no sabemos lo que comprometerá su futuro. Baste decir que hizo lo que se les ha pedido a todas las figuras, generalmente con escaso éxito, que toreen todos los encastes, que toreen en todas las plazas y ferias importantes y que toreen con todos los compañeros. Eso que parece tan sencillo y que es tan evidente en la organización de cualquier espectáculo moderno, está fuera de la obsoleta organización de las temporadas taurinas y ha requerido un esfuerzo de voluntad por el torero.

Rememorando la célebre pregunta de La vida de Brian: “¿Qué han hecho los romanos por nosotros?” El “Nada” de Morante ha sido, sin ser exhaustivo, darle a cada toro su lidia, dominando siempre en el ruedo, a pesar de que se hayan limitado sus grandes faenas a toros de encaste juanpedro. Desempolvar lances en desuso y dar nuevo contenido a algunos más habituales, mayor profundidad en algunos casos, mayor ligereza en otros. Recuperar viejas formas en su actitud pública, como ir en calesa a la plaza, buscar diseños nuevos para sus vestidos o rehacer algunos clásicos. Homenajear a quienes le precedieron y recuperar a viejos maestros como en el caso del festival del 12 de octubre en Madrid para el que buscó hasta un novillo ensabanao de Osborne en recuerdo de Atrevido, el célebre toro blanco, de Antoñete. En definitiva, salir de la absurda repetición de faenas prefabricadas y anodinas tan habituales de las figuras a lo largo de las temporadas y mostrar la mejor imagen de un espectáculo enraizado en formas antiguas, aunque rabiosamente moderno.

Una gracia peculiar

¿Es suficiente para proclamarle como el mejor torero de la historia? La respuesta, rotunda, no puede ser otra que NO y por múltiples motivos. Si modificamos la pregunta y la convertimos en ¿Es uno de los grandes toreros de la historia? La respuesta, también rotunda debe ser SÍ, a la que podemos añadir que además hemos tenido la suerte de presenciarlo y disfrutarlo.

Los motivos del NO son sencillos y evidentes. La lidia no es estática a lo largo de su historia. La depuración de la bravura ha mellado la fiereza de la casta, los avances en la alimentación y sanidad del toro han propiciado una homogeneidad del comportamiento del toro incomparable con la situación de hace, por ejemplo, cincuenta años y si nos seguimos remontando más atrás, no digamos hasta la aparición y desarrollo del peto, la dispersión del comportamiento de los toros se agiganta.

No existe una línea única de entender el toreo. El objetivo fundamental que es dominar al toro y crear belleza en ese enfrentamiento se ha expresado de múltiples maneras a lo largo de la historia reciente. Hay toreros que buscan adecuar su lidia a las posibilidades que les ofrece el toro, mientras que los hay que se empeñan en obligar al toro a hacer lo que no quiere. Hay toreros ligeros y los hay profundos. Hay quienes buscan romperse con el duende y quienes convocan al ángel. También están los que se empeñan en encabezar el escalafón a base de faenas repetidas donde la técnica elude la emoción. ¿Como vamos a hacer una clasificación así?

Además el toreo tiene todos los ingredientes para plantear un enigma irresoluble pues la búsqueda de la belleza tiene mucho que ver con el sosiego, la lentitud, la armonía de las formas, con el temple por utilizar un término estrictamente taurino, pero esta armonía puede excluir la emoción si no hay una dosis cierta de imprevisibilidad del comportamiento del toro. El toro de mayor emoción presenta un mayor riesgo cuyo dominio puede concluir con una esgrima de mucho sobresalto y poca belleza.

Claro que en todas las actuaciones dirigidas a grandes públicos hay sustancia y faramalla, como en las minas de oro se junta la mena y la ganga y en el caso de la tauromaquia hay actos vistosos aunque de menor contenido, pintureros, junto a otros de mayor sustancia y, en el caso de la lidia de un toro, de mayor riesgo. Esto lo entiende cualquier aficionado y puede establecer una cuartilla del debe para contraponer con la que contiene el haber que es más amplia y numerosa. Esta cuartilla del debe, en la que está sin duda su emocional retirada en Madrid y reaparición en Sevilla sin solución de continuidad, defraudando los sentimientos de muchos espectadores y aficionados, o la ausencia de grandes faenas a toros que no pertenecen a la estirpe Domecq, no deben ser, en mi opinión, un memorial de agravios para contraponer a las laudatorias exageraciones que esparcen los férreos adoradores y creadores del falso mito morantista, sino una justa valoración de las actuaciones de un torero que nos ha brindado una bella manera de entender la lidia con respeto al toro, al público, a su profesión y su historia. Morante de la Puebla es un torero singular que hemos tenido la suerte de poder disfrutar en sus últimas temporadas sin que los árboles de las exageraciones de los seguidores morantistas, nos impidan ver el bosque de la calidad y riesgo de su tauromaquia

 

Andrés de Miguel es miembro de la Tertulia de Jordán y expresidente de Los de José y Juan

El artículo en la revista del Club Taurino de Pamplona








 

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