Esta entrada que recoge la Tertulia de Jordán con Alberto González Troyano ha sido redactada por Alejandro del Río Herrmann.
Alberto González Troyano nació en Algeciras, en el «rincón del sur». Ha sido
profesor de Literatura Española en la Universidad de Cádiz, donde participó en
la fundación y dirección del Grupo de Estudios del Siglo XVIII, para serlo
después, de esa misma disciplina, en la Universidad de Sevilla.
Por Sevilla principia la conversación, cuya plaza de La Maestranza y cuya afición Alberto conoce desde dentro. Quizá debido a ese conocimiento, en los últimos tiempos frecuenta cada vez menos los festejos. Su formación, que bebe en las fuentes de la Ilustración, y su natural inquisitivo y analítico no se llevan bien con el conformismo imperante hoy día entre el público taurino en general. Y tampoco el público sevillano, claro es, se libra de su mirada crítica, siempre atenta, eso sí, a evitar los tópicos y las clasificaciones fáciles. Al estudio y la difusión culta de la tauromaquia, y en el contexto maestrante, Alberto ha contribuido de manera notable con su trabajo en la Fundación de Estudios Taurinos de Sevilla, de la que ha sido un puntal desde sus inicios, tanto de la Revista de Estudios Taurinos como de la colección «Tauromaquias». Para caracterizar el medioambiente taurino sevillano le basta una gráfica comparación entre los dos toreros de Camas: mientras que Curro Romero tiene una estatua en los aledaños de la Maestranza, Paco Camino nunca llegó a ser reconocido por esa misma afición. (A esto añade con sorna, volviendo sobre su queridísimo Paco Camino, que este «era rojo», algo difícil de tragar para el mundo sevillano como ilustra la anécdota con el padre Escudillo).(Nota al pié)
Un marginal de la sociedad bien sevillana fue Fernando
Villalón, a quien Alberto quiso originalmente consagrar su tesis doctoral.
Investigó mucho y se interesó por los papeles de Villalón, que habían pasado a
manos de Ignacio Sánchez Mejías y, finalmente, a las de Pilar López Júlvez, la
hermana de «La Argentinita». Alberto también conoció a Conchita, la compañera
de Villalón. La tesis no cuajó por las dificultades documentales de la
investigación, pero Alberto no dejó de la mano su dedicación a Villalón. Una
muestra de ello es su edición de la obra de teatro póstuma de este Don Juan
Fermín de Plateros. Y Villalón tiene también un papel central en su libro
más reciente, Montesquieu en el ruedo, como representante intempestivo
del ganadero antiguo.
De Villalón la conversación pasa inevitablemente a la figura de
Ignacio Sánchez Mejías. Alberto no oculta sus reparos sobre la calidad de su
tauromaquia. Como indagador del mito del torero como héroe literario, destaca
que la grandeza de Ignacio se debe al hecho fatídico de su muerte y a la
excelencia poética del «Llanto» de García Lorca. Es esto lo que hace que
Ignacio permanezca «eternamente vivo». Se habla en la tertulia sobre las
circunstancias que condujeron a ese trágico final y se menciona en especial su
entrevista premonitoria con Federico M. Alcázar (autor de Ignacio Sánchez
Mejías, el torero y el hombre). Más adelante se vuelve a Ignacio a
propósito de su conferencia en la Universidad de Columbia, un texto improvisado
la noche anterior, más testimonio de su genio literario que de su ejecutoria
taurómaca, en opinión del invitado. Pero coincide en que es incontestable la
personalidad de Ignacio. Un elemento decisivo que tanto se echa en falta en el
toreo actual, salvo apuntes excepcionales. Y así vuelve Alberto a la cuestión
de lo que hace que se perpetúe la imagen del torero y al estudio de su figura literaria.
Al respecto de su libro El torero, héroe literario, queremos saber cuáles son las tres novelas taurinas con las que se quedaría Alberto. No se pronuncia por una tríada. Menciona Las águilas de J. López Pinillos (Parmeno), cuya edición en Turner prologó. Pero destaca sobre todo la obra de Joseph Peyré, el prolífico escritor francés, en algunas de cuyas novelas adquiere Sevilla una dimensión particular: Sang et Lumières, La Tour d’Or, Guadalquivir. (Por cierto que de Peyré tratan dos de los cuatro ensayos que a la mirada francesa sobre los toros dedica Jean Juan Palette Cazajús en su reciente libro publicado por el sello Letras de Almagre). También se refiere Alberto a Eugenio Noël, granado exponente del bien que el antitaurinismo inteligente ha hecho a la Fiesta. Como es el caso, asimismo, de Sangre y arena, de V. Blasco Ibáñez.
De este modo, la conversación se encamina al asunto complejo de
su último libro, Montesquieu en el ruedo. Diestros, ganaderos y público:
tres poderes en conflicto. El ensayo parte del malestar y la degeneración
de la fiesta de toros en el presente y busca las causas de este estado de cosas
en los mecanismos y equilibrios de poder que determinaron el origen de la
corrida moderna y sus transformaciones hasta las primeras décadas del siglo XX.
Una de las claves de esa evolución es la paulatina pérdida de prestigio del
ganadero de reses bravas. Este pasa de ser, ya en las postrimerías del siglo
XIX, quien garantiza la integridad de la Fiesta, centrada en la lidia de un toro
bravo y fiero y en su pronta muerte, al criador de un toro menguado adecuado a
los nuevos gustos del público, que deja de ser «entendido», y al auge
correspondiente del torero artista. En este proceso, subraya Alberto, es
determinante el crítico taurino que (dejando atrás las figuras del revistero o
del cronista) se encumbra, siguiendo el modelo de la crítica musical, en nuevo
pope. Esto culmina en los casos eminentes de un Gregorio Corrochano o de un
Antonio Díaz-Cañabate, cuyos artículos suplantan lo poco que sucede en el ruedo
con el relato florido de asuntos marginales. Una visión sin duda sugerente de
los cambios sociológicos de la Fiesta.
Hablando de matadores, otro de los vértices del triángulo de
poderes de la corrida moderna, comenta Alberto que (aparte de Paco Camino),
«su» torero fue Antonio Ordóñez (como también lo fue de su amigo Víctor Gómez
Pin), que ejerció como apoderado de Curro Romero. De ahí también la constante
vinculación de nuestro invitado con Ronda y su Maestranza. Habla de la creación
de la Goyesca y de la Biblioteca de la Maestranza de Ronda. Pero, volviendo a
la cuestión de si sigue habiendo contemporáneamente «división de poderes» en la
Fiesta, recuerda justamente la relación de Antonio Ordóñez con la ganadería de
Carlos Núñez, en Los Derramaderos, de la que mató tantas corridas… pero que no
le dejaron en cierta ocasión ver los toros. Eso, aún entonces, a diferencia de
hoy, cuando los veedores no paran de entrar y salir de las ganaderías. Atisbos
de otro tiempo.
En medio de la eclosión de «lo taurino» en la que vivimos,
Alberto González Troyano reivindica el trabajo con el pasado, y alaba ejemplos,
como la reciente donación al Museo de Bellas Artes de Bilbao de la pintura de
Ignacio Zuloaga, El picador gitano, o, en la misma capital vizcaína, la
labor del Club Cocherito. Y volviendo la mirada del pasado al futuro, comenta
la peculiaridad del caso francés y de su afición taurina, que ha acogido, desde
las peñas y municipios, la corrida española, «cuidándose de no copiar ni
incluir en esta influencia los fraudes y conflictos que tanto han perjudicado
al desarrollo de las corridas en España», esto es, «con respeto y sin
subterfugio». Valga esta expectativa particular para animar el trabajo de
seguir manteniendo viva la cultura de la Fiesta.
Nota del editor: La anécdota del Padre Escudillo:






Comentarios
Publicar un comentario